Haciendo espacio para todos

En 2021, la Agencia Espacial Europea comunicó que por primera vez elegiría a un astronauta con discapacidad, dentro de su nueva convocatoria, que por el ingreso de Lituania a ese consorcio se extendió hasta julio. El elegido fue John McFall, un velocista inglés de 41 años que representó a Reino Unido en los Juegos Paralímpicos de Pekín en 2008. Más allá de su pierna ortopédica, el resto de su cuerpo y estado físico muy probablemente supere a la media. Pero marca un hito. El espacio deja de ser ese ámbito sólo de los cuerpos perfectos, cuando los astronautas eran pilotos jóvenes y entre ellos, los más rigurosamente seleccionados.

Un primer paso se había dado el 29 de octubre de 1998 cuando John Glenn, el primer norteamericano en orbitar la Tierra, volvía al espacio a bordo del transbordador espacial Discovery a sus 77 años. En esa misión se habían hecho muchos estudios sobre el cuerpo de Glenn para evaluar las consecuencias de la microgravedad en una persona de edad avanzada. No fue el único caso aunque tuvimos que esperar mucho para el siguiente. El 20 de julio de 2021, a la edad de 82 años, Wally Funk, una miembro del programa Mercury 13 de mujeres astronautas que nunca llegaron al espacio, sí lo logró a bordo de la misión NS-16 de Blue Origin. Record que no ostentaría por mucho tiempo ya que en octubre, William Shatner, el capitán Kirk de Star Trek, haría el mismo vuelo a sus 90 años.

Está claro que estos dos últimos vuelos fueron de algunos minutos, suborbitales, y que no significaban ninguna exigencia para sus tripulantes pero que pudieran hacerlo personas de edad avanzada significó que a partir de ahora, mirar a la Tierra desde más allá de los 100 kilómetros de altura, no será privilegio de unos pocos, o al menos (ya que el costo de estos vuelos sigue siendo muy alto) el impedimento no será la edad o la condición física.

¿Pero qué hay sobre una persona con discapacidad como astronauta profesional? Una de las personas que consulté al respecto fue a Guillermo Rojo Gil, atleta olímpico, guía de un atleta paraolímpico, entrenador y hasta preparador físico de astronautas de ESA. Guillermo tiene casi todas las perspectivas para opinar en el tema. “Cuando pensamos en la condición física de un astronauta no pensamos en valores superlativos, pero sí en valores equilibrados. En mi caso por ejemplo que soy un atleta de elite, que compito en los 400 metros, tengo mucha fuerza muscular, mucha explosividad, pero mis valores de flexibilidad no son tan buenos, no sería un buen prospecto de astronauta en ese sentido. Con los astronautas se busca que todos los elementos de la condición física estén equilibrados. Obviamente esto no va a pasar tampoco con personas con una discapacidad severa. Quizás, en esta primera etapa al menos, se busque personas que tengan alguna amputación, preferentemente de piernas que no son tan necesarias en el espacio, no así los brazos que se requieren para hacer los experimentos propuestos por las agencias espaciales que administran la Estación Espacial Internacional”.

Muchas veces vemos que los astronautas hacen tareas repetitivas, que siguen recetas haciéndonos pensar que si bien tienen que ser muy ordenados, muchas de ellas no corresponden a sus áreas de expertíz. Pareciera que todo lo que piden en los procesos de selección es, en el mejor de los casos, demasiado. La sobrecalificación es un tema de oferta y demanda, como dice Nancy Vermeulen1 para este trabajo: “se trata de elegir lo mejor de lo mejor. Si hay miles de candidatos con perfiles altos y sólo necesitas seis, creo que es normal elegir a estas personas con habilidades y condiciones extraordinarias para estar seguro de que después de un entrenamiento costoso, podrán realizar múltiples misiones. Se trata de costos de capacitación y eficiencia. La razón para usar listas de verificación extensas es asegurarse de que todo salga según lo planeado y que nada se pierda debido a un error humano, la misma razón por la que los pilotos de las aerolíneas están capacitados para trabajar con procedimientos estrictos a pesar de sus antecedentes. En el momento en que los vuelos espaciales comerciales privados se vuelvan más comunes, las personas con condiciones de salud menos perfectas tendrán oportunidades, pero para el cuerpo de astronautas profesionales, a mi juicio, eso no cambiará”.

No todos piensan igual, incluso hay quienes ven en una persona con discapacidad una ventaja a la hora de conformar una tripulación espacial. Sheri Wells-Jensenen, una lingüista norteamericana con ceguera, involucrada en el proyecto astroaccess2 nos recuerda lo que significa ser astronautas en nuestras mentes infantiles, y la frustración casi ineludible que tenemos la gran mayoría de los seres humanos cuando nos enfrentamos al conocimiento consciente que eso sólo quedará en el territorio de los sueños. “Todo niño de seis años quiere ser astronauta. Este objetivo profesional está a la altura de bombero, detective, vaquero y bailarina. Sin embargo, en poco tiempo, la mayoría reconoce que no cumple, y de hecho nunca cumplirá, los requisitos físicos no negociables para el trabajo. Son demasiado altos, o tienen una rodilla débil, pies planos o alguna otra irregularidad fisiológica leve pero incorregible que significa que no tienen lo que Tom Wolfe llamó "The Right Stuff" (lo que hay que tener)”3.

Pero ella cree que en el mundo de la exploración espacial, no sólo debe haber lugar para quienes tienen una dificultad física, sino que esto mejorará la tarea en su conjunto. La diversidad, en las empresas por ejemplo, ayuda a la toma de decisiones, a la flexibilidad, al respeto, a la creatividad. Pero esto, al menos por ahora, no parece aplicarse a cierta altura sobre nuestras cabezas. Según Sheri y habla desde su perspectiva personal.

“Una persona ciega en una estación espacial probablemente parezca, prima facie, muy aterradora dado que sus colegas podrían tener que depender de ella en caso de emergencia. Pero los adultos ciegos son padres, maestros, científicos y chefs exitosos, y no tienen más accidentes que las personas videntes. No hay ningún peligro inherente asociado con una persona ciega que hace su trabajo. La clave del éxito aquí radica en adaptar los instrumentos para generar información en braille y/o audio junto con pantallas visuales”.

Es hacer tecnología redundante, cosa que es absolutamente común en la industria espacial. Hacer cosas que tengan dos o tres maneras de funcionar, o dos o tres elementos para hacer lo mismo. Sumarle braille o audio a las pantallas puede ayudar también a un tripulante con visión en una situación particular. El 23 de febrero de 1997 el fuego en la estación espacial Mir obligó a los cosmonautas a salvar la nave y sus vidas en medio de un entorno enrarecido que casi no los dejaba ver. También el astronauta canadiense Chris Hadfield, en 2001, en la misión STS-100 del transbordador espacial Endevour, quedó ciego durante una caminata espacial por problemas en su casco. Incluso el astronauta italiano Luca Parmitano la pasó peor cuando su casco se llenó de agua, ahogándolo casi, mientras se encontraba en una caminata espacial en 2013. Se taparon, de esa agua que en microgravedad parece más una gelatina, sus ojos, la nariz y las orejas. Solo podía respirar por la boca, no podía escuchar, no podía comunicarse con nadie porque el micrófono estaba cubierto de agua y no podía ver. Quizás en estos casos, si los guantes tuvieran más flexibilidad que los actuales, y privilegiaran la sensibilidad al tacto, adaptaciones que deberían hacerse si las tripulaciones consideraran a personas ciegas como parte integrante, la resolución de estos problemas hubiera sido más fácil.

Sheri Wells-Jensenen cree que “un astronauta ciego no sentirá las náuseas causadas por la falta de un horizonte visual. (...) Del mismo modo, habría pocas razones para preocuparse por el daño que la microgravedad causa a la visión a medida que se acumula líquido en el ojo, distorsionando el globo ocular y, en algunos casos, presionando el nervio óptico”.

Según hemos expuesto aquí, con la posibilidad inminente de tener en la rampa de acceso de una lanzadera espacial a una persona con discapacidad en los próximos años, con la imagen aún emocionante en nuestras retinas de “abuelos” astronautas a bordo de una nave, pareciera que el tema es algo nuevo. Que es producto de una época absolutamente revolucionaria en el acceso al espacio como la actual y que tiene que ver con los ya más de 60 años de maduración de una aventura espacial tripulada. Pero no es así. La discapacidad y esta actividad humana en particular están entrelazadas desde sus comienzos.

A comienzos de los años 50, cuando los hombres en el espacio sólo estaban en los libros de ciencia ficción, la NASA ya se preparaba para convertirlo en realidad. Se alió en ese entonces con la Universidad de Gallaudet, hicieron pruebas a más de 100 personas sordas y reclutaron a 11, los "Gallaudet Eleven". La idea era aprender cómo responde el cuerpo humano cuando no funcionan las señales gravitatorias del oído interno. Muchos de los experimentos parecerían torturas, sino fuera que los voluntarios casi no se enteraban que estaban en uno. Los subieron a una embarcación frente a la costa de Nueva Escocia en medio de una violenta tormenta con vientos a más de 70 km/h y mar fuertemente agitado. Los 11 hombres sordos jugaban a las cartas y reían mientras el experimento se tuvo que cancelar por los mareos de los investigadores de la NASA. También estuvieron 12 días dentro de una sala que rotaba diez veces por minuto. Nunca se marearon y a los 3 días incluso ya se habían adaptado a caminar y hacer todas sus rutinas compensando ese movimiento. Los subían a los vuelos de gravedad cero y ellos nada, la NASA aprendió mucho, Harry Larson, uno de los "Gallaudet Eleven" dijo una famosa frase: “Éramos diferentes de la manera que ellos necesitaban”. Sin embargo, y pese a que una buena porción de los astronautas no son absolutamente productivos en sus primeros días en órbita por los mareos (sobre todo las mujeres), nunca hasta ahora ni la NASA ni ninguna otra agencia espacial ha elegido a una persona con esta condición para el trabajo. Sí un caso intermedio es el del astronauta norteamericano Leland Melvin, quien durante un entrenamiento submarino, sufrió y se recuperó sólo parcialmente de una lesión grave en el oído izquierdo que no le impidió volver al espacio.

Julia Velasquez4, una estudiante sorda de la Universidad de San Diego, Estados Unidos, ha participado de una misión análoga de Marte en Hawaii y no es el único caso de alguien con discapacidad en formar parte de este tipo de investigaciones. Marcin Kaczmarzyk, polaco, ciego, también lo hizo. También es un ejemplo en este sentido Tomas Dicai, un paraastronauta análogo eslovaco en silla de ruedas que mucho hace por el acceso al espacio de personas con discapacidad.

Estos y otros estudios no sólo piensan en el ámbito de la órbita terrestre. Pensamos en la Luna, en Marte y otros mundos futuros. Pensamos en viajes prolongados y allí tal vez también, la discapacidad en el espacio no sea un problema a evitar, sino un elemento de diversidad que puede convertirse en una ventaja. Los accidentes pueden ocurrir, y a medida que nos aventuremos a escenarios no probados las posibilidades se irán multiplicando. Un astronauta que pierda su condición de autosuficiencia, por un accidente, un hombre o mujer confiados y seguros de sí mismos que deban adaptarse a una situación donde su físico ya no les responda como antes, aunque sea de forma no definitiva, pueden verse aliviados si cuentan con el apoyo psicológico y el ejemplo de quienes con una dificultad se han adaptado al trabajo de modo útil y eficiente.

Quizás las naves ya estén adaptadas para personas ciegas cuando uno de sus tripulantes sin dificultades preexistentes se vea afectado por la pérdida de la vista causada por el nivel de líquido cefalorraquídeo (LCR) en el cerebro, una afección cuyos riesgos aumentan a medida que se pasa más tiempo en el espacio. Un lugar pensado para todos, puede ser aprovechado por todos, en distintos grados y en diferentes circunstancias.

Hayley Arceneaux, como especialista médica de la misión Inspiration4 de SpaceX lanzada el 15 de septiembre de 2021, se convirtió en la primera persona con una prótesis en orbitar la Tierra. De niña sufrió cáncer de huesos y fue tratada en el Hospital St. Jude, en Memphis, Estados Unidos, para el que la misión llevó adelante una colecta mundial de más de 200 millones de dólares. Cuando tenía 10 años le reemplazaron su rodilla y le colocaron una barra de titanio en su fémur izquierdo. Desde luego, Hayley renguea y sufre de dolores en sus piernas ocasionalmente, pero eso no le impidió volar al espacio e inspirar a miles de niños alrededor del mundo, algunos con enfermedades similares, que incluso tuvieron la posibilidad de comunicarse con ella durante el viaje de poco más de tres días.

El espacio está allí para muchos más en el futuro, para mujeres y hombres distintos a los primeros, para todas las edades, para los físicos privilegiados y los no tanto, para quienes hagan de él su lugar de trabajo y para quienes lo conviertan en su destinado deseado, de experiencia única, de sueño cumplido. Uno de ellos es argentino. Jean Maggi5 es un deportista paraolímpico, cordobés, presidente de una fundación que ya ha regalado miles de bicicletas adaptadas a niños y jóvenes del país y que tiene por nuevo desafío llegar más arriba que cualquier otro compatriota. Ya aprobados los análisis médicos y completado con éxito su vuelo parabólico pretende subirse a una nave en los próximos años que lo lleve más allá de la línea de Karman. Quiere convertirse en el primer argentino en lograrlo y quiere flotar en microgravedad, soltando sus muletas, como lo hizo momentáneamente en el avión de cero g. Quizás la imagen misma de la libertad. Uno de los ejemplos más contundentes que podemos imaginar en cuanto a igualdad y la posibilidad de que no haya profesiones imposibles a la hora del deseo infantil. Cuando cualquier niño quiera ser astronauta, y tenga ejemplos similares a él como meta, el espacio será por fin para todos.

Con ese espíritu comenzó, a principios de 2024, el proyecto Base Galileo (aunque no se llamaba así entonces) y que en los siguientes apartados mostraremos sus esfuerzos, de investigación, de inspiración, de esfuerzo para que entre todos “hagamos espacio para todos”.


  • [1] Vermeulen es Chief Training Officer en Fly Right Training y Founder & Private Astronaut Trainer en Space Training Academ.
  • [2] Astroaccess es una iniciativa de una entidad sin fines de lucro, en los Estados Unidos que actualmente está realizando vuelos de gravedad cero con personas con discapacidad y prevé, a futuro, enviar a algunos de ellos al espacio.
  • [3] Según lo expone en el artículo titulado “The Case for Disable Astronauts” publicado por Scientific American el 30 de mayo de 2018.
  • [4] Julia Velasquez fue candidata también a ser parte de la tripulación de la misión Inspiration4 de SpaceX.
  • [5] Pueden ver en la plataforma Netflix el documental “El límite infinito (2019)” donde se cuenta su vida y trayectoria deportiva y social.